Tungurahua | KM: 2818

«DÍA 61»

Vilcabamba, 17 de junio de 2010

Desde el Valle de la Longevidad en Vilcabamba, en uno de los llamados chacras de la Pachamama, me despido del aún autóctono, diverso, pacífico, amable, turístico y colorido Ecuador.  Serán insuficientes las palabras e imágenes para describir los inolvidables momentos vividos.

Pedaleando en las raíces del Mama Tungurahua, haciéndole cosquillas con las ruedas de mi bicicleta, disfrutando de su majestuosidad, desprevenido y sin conocer su ritmo, su palpitar milenario. Ensordecedor sonido de la naturaleza, acompañado de fumarolas de ceniza y piedra, de una luminosa e incandescente luz anaranjada, está vivo.  El gran volcán a lo lejos (34 Km) me recuerda lo frágiles que somos, la belleza de nuestro planeta, el alfa y el omega de la vida; un gran momento de mi existencia.
A mi llegada a Riobamba el mismo día en que la tierra se expresaba y nos indicaba sus sentires, tuve la fortuna de observar de cerca el Rey de los Andes, el gran Volcán Chimborazo con sus 6.013 Msnm, es la montaña más grande que he visto.
Atraído por sus blancas nieves y glaciares “perpetuos” hice preparativos para pedalear cerca de él, y así fue como a más de 4.350 Msnm, con un viento helado y penetrante que se escucha y se siente, sobre un horizonte cambiante por el ir y venir de nubes y neblinas, con poco aire para respirar, deslumbrado, sorprendido y maravillado, pedaleé por su reino. ¿Cómo expresas lo indescriptible? Llegando a Salinas, aún lo veía, me sentía afortunado y privilegiado de haber podido rodar por sus predios.
Dejé la cordillera  por unos días y en una bajada de más de 70 Km por caminos secundarios el páramo quedo atrás, pasé tierras indígenas cultivadas con manos laboriosas, por nubosidades que te indican la llegada a los bosques neotropicales, ahí estaba, en las tierras bajas, hice escala en Acevedo, en proximidades de la costa pacífica.  El calor del trópico influye en todo, en las gentes, sus acentos y vestimentas, en la alimentación, todo cambia.
Una leve intoxicación hace que mis planes de ir a las paradisiacas playas ecuatorianas cambien, me desvíe a Guayaquil, en donde participé en algunos eventos de difusión del mensaje de la Fundación GoodPlanet.  Allí me recupero físicamente  y con un poco de nostalgia, entiendo que cada cosa tiene su razón de ser, su causa, así que las olas vendrán más adelante.
Grandes hombres han pasado por estas tierras, así como nuestro gran Tomas Cipriano de Mosquera, el Ecuador tuvo la gran fortuna de ser cuna de Eloy Alfaro (El Luchador), propulsor en su momento de grandes transformaciones sociales y económicas, entre ellas la construcción del ferrocarril y quizás la más importante de sus misiones terrenales, traer vientos de libertad a su pueblo en épocas en que  las aulas clericales asfixiantes incluso ahora,  mantenían sobre sus moradores en su serenidad de muerte, el yugo de la verdadera esencia del ser.
Llegué a Cuenca y su imponente catedral y riqueza histórica me recuerda la cruzada romana por estas latitudes otra vez.  Mi llegada a esta ciudad, donde las bellas y autóctonas cholas cuencanas y por supuesto mestizas ecuatorianas no fue fácil. Pernocte en Aguas Calientes donde sus termas me renovaron,  pasé un día acompañado de un lugareño, Paco, dueño de una reserva privada de bosques nublados neotropicales, quizás uno de los lugares más diversos por metro cuadrado del planeta.
En Paitití como la llama él, nadé en sus aguas, observé aves, insectos, arboles (incluso sembré el mío), pasé un día inolvidable en compañía del visionario protector de la naturaleza. Fue un abre bocas para lo que venía, casi 60 Km de subida interminable a los que me enfrenté el día siguiente, rumbo al Parque Nacional Cajas, ya estaba de nuevo en la sierra a más de 4200 Msnm, fueron casi 9 horas de constante ascenso, luego una leve bajada antes de llegar a la turística ciudad.
Continué mi ruta por los páramos y cada vez más áridas tierras del sur, grandes vientos y lloviznas heladas, pasé por Loja  y ahora estoy en el maravilloso Vilcabamba.  Acá llevo un par de días y hospedado en la Hostería Izhcayluma, donde disfruto en compañía de extranjeros de todas las latitudes de los atardeceres mágicos del Valle de la Longevidad como lo llaman sus centenarios moradores. Caprichosas formaciones montañosas, paz y tranquilidad se respira en este paraje.
El Ecuador no quedará atrás, vecino y amigo país.  Todo lo sucedido hasta el momento, en cierto modo me hace universal, cada vez más identifico las sútiles líneas que relacionan todo lo existente, la importancia del movimiento y de la quietud y el silencio, de viajar y no hacer estaciones eternas, la urgencia de hacernos conscientes y dirigentes de nuestras vidas a través de un buen respirar y cambio de ritmo, del buen pensar y el buen hablar, del buen alimento para que el ser interior que mora en nosotros, pueda expresarse y cumplir la gran misión.  Hago mis últimos ajustes hoy para entrar por Zumba en la ceja de selva de la Amazonía ecuatoriana, al Perú.

Sigue pedaleando

…cerca a la selva, donde encontré a los Chachapoyas
Vientos Incas
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